La Salve

La Salve es un maravilloso ejemplo de lo que significa una oración "esencial". En ella se hace una única petición: (y después de este destierro, muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre) Esta única súplica va precedida de un saludo (Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra) y de una breve presentación (a Ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a Ti suspiramos gimiendo y llorando en este valle de lágrimas).

 

El saludo es una sucesión rápida pero abundante de piropos, que tienen la función de “atraer la mirada” y ganar la benevolencia de la Santísima Virgen.

 

Salve: es el típico saludo latino, respetuoso y familiar al mismo tiempo, y ciertamente, no tan solemne como la traducción española: "Dios te salve". Es simplemente un augurio de buena salud. 

 

Reina: es el primer piropo de la oración. Este título también nos recuerda -a María y a nosotros- que Ella, por ser reina, es poderosa y puede concedernos lo que le pedimos. 

 

Madre de Misericordia: inmediatamente después la oración pasa al título más querido por nosotros: Madre. Y además, con un matiz especial: misericordiae. El que suplica quiere salir al paso, cuanto antes, de una posible objeción: es cierto que él no se presenta con méritos y que no tiene ningún derecho para obtener lo que pide. Su único argumento es que Ella, María, es misericordiosa.

 

Vida, dulzura: apelativos muy tiernos y cariñosos. Creo que no hay oración mariana en la que le dirijamos nombres más dulces: "mi vida... dulzura...".

 

Esperanza nuestra: el adjetivo "nuestra" nos indica que cuando rezamos esta oración no nos presentamos a María como hijos únicos, sino junto con todos los hermanos. Si ya de por sí es difícil a una madre resistirse cuando su hijo le pide algo, ¿qué será cuándo se le presentan todos al mismo tiempo? 

 

Antes de entrar de lleno en su única petición, el suplicante se presenta a sí mismo y describe el estado en el que se encuentra:

 

A ti llamamos: la traducción exacta es más fuerte que la que ordinariamente se usa en castellano. No sería "llamamos" sino más bien "gritamos" o "clamamos".

 

Suspiramos, gimiendo y llorando, indica esa dificultad para respirar propia de aquél al que le asaltan las lágrimas o una pena muy grande.

No hace falta más introducción para expresar que el suplicante no es feliz y que se encuentra en una situación de necesidad.

 

Los desterradohijos de Eva

Sin concretar sus penas, las resume todas ellas en su condición de pecador (hijo de Eva), desterrado de un Paraíso maravilloso que podría haber sido suyo.

 

Abogada: "si tú, que eres nuestra defensora, no nos ayudas, ¿a quién vamos a recurrir?". ¿cómo va a negar algo una madre cuando su hijo le está mirando a los ojos? Por eso, el hijo le pide a María que, por favor, le mire. Pero, obviamente, no lo dice así, sino con un giro poético y finísimo: "dirige hacia nosotros esos tus ojos misericordiosos". De nuevo, otro piropo a María.

 

Finalmente, llegamos a la petición. En latín, por el hipérbaton característico, que pone normalmente el verbo al final, la construcción de la frase tiene un encanto especial: et Jesum, benedictum fructum ventris tui, nobis post hoc exsilium, ostende. Refleja muy bien el titubeo, la indecisión, los anacolutos del que quiere hacer una petición difícil y no sabe cómo comenzar. Una traducción literal sería ésta: "y a Jesús, que es el fruto bendito de tu vientre... a nosotros, después de este exilio... muéstranoslo". 

 

¡Qué bien dicho! La idea es que nos deje entrar en el cielo, que nos alcance esa gracia. Pero no lo dice de modo tan directo y burdo, pues podría parecer una petición interesada. El suplicante quiere expresar que lo de menos es el cielo; lo que a él le interesa es... ver a Jesús. Obviamente, es lo mismo, pero dicho de modo más fino, más elegante.

 

 

Coda final

La coda, que algunos atribuyen a san Bernardo, es el broche final y la despedida de esta hermosísima oración: · Oh clemente: invoca la clemencia de María y muy discretamente hace referencia a nuestra condición de pecadores. O piadosa alude a nuestra triste condición de hombres que sufren. Oh dulce Virgen sintetiza todos los cariñosos apelativos que se le han dirigido a la Virgen a lo largo de la oración. Y concluye de modo magistral pronunciando simplemente el nombre de María: Maria. El último recurso para alcanzar de la Virgen la gracia de las gracias: pronunciar su nombre con un hilo de voz, con amor y mirándola confiadamente a los ojos. 

 

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